sábado, 30 de marzo de 2013

La sepultura de Jesús y la Soledad de María Santísima.

De las 4 a las 5 de la tarde

La sepultura de Jesús y la Soledad de María Santísima.


Dolorosa Madre mía, veo que ya te dispones a realizar tu último sacrificio: tener que darle sepultura a tu hijo Jesús, muerto. Y resignadísima a la Voluntad del Cielo, lo acompañas y con tus mismas manos lo pones en el sepulcro. Y mientras compones sus miembros, tratas de decirle por última vez « adiós » y de darle tu último beso, mientras que por el dolor sientes que te arrancan el corazón del pecho. El amor te clava sobre esos miembros y por la fuerza del amor y del dolor, tu vida está por extinguirse junto con la de tu hijo Jesús ya muerto.
Pobre de ti, ¡oh Madre mía!, ¿qué vas a hacer sin Jesús? El es tu Vida, tu Todo y sin embargo es la Voluntad del Eterno que así lo quiere. Tendrás que combatir con dos potencias insuperables: el amor y la Voluntad Divina. El amor te tiene clavada de tal manera que no puedes separarte de él; la Voluntad Divina se impone y te pide este sacrificio. Pobre de ti, ¡oh Madre!, ¿cómo vas a hacer? ¡Cuánto te compadezco! ¡Ah, ángeles del cielo, vengan a ayudarla a que se levante de encima de los miembros rígidos de Jesús, pues de lo contrario morirá!
Pero ¡qué prodigio! Mientras parecía extinguida junto con Jesús, oigo su voz temblorosa que interrumpida por el llanto dice:
« ¡Hijo, querido Hijo mío! Este era el único consuelo que me quedaba y que hacía que mis penas se redujeran hasta la mitad de su peso: tu santísima humanidad; el poder desahogarme sobre estas llagas, adorarlas y besarlas. Mas ahora también esto se me quita, porque la Divina Voluntad así lo quiere; y yo me resigno, pero sabes, ¡oh Hijo!, quiero y no puedo; con sólo pensar que debo hacerlo se me van las fuerzas y la vida me abandona. ¡Ah, Hijo mío!, para poder tener la fuerza y la vida necesarias para hacer esta separación, permíteme que me quede sepultada totalmente en ti y que para mí tome tu vida, tus penas, tus reparaciones y todo lo que tú eres. ¡Ah!, solamente un intercambio entre tu vida y la mía puede darme la fuerza necesaria para cumplir el sacrificio de separarme de ti ».
Y con decisión, afligida Madre mía, veo que de nuevo vuelves a recorrer todos los miembros de Jesús y poniendo tu cabeza sobre la suya, la besas y encierras tus pensamientos en la cabeza de Jesús, tomando para ti sus espinas, sus afligidos y ofendidos pensamientos y todo lo que ha sufrido en su sacratísima cabeza. ¡Oh, cómo quisieras reanimar la inteligencia de Jesús con la tuya, para poder darle vida por vida! Ya empiezas a sentir que vuelve la vida a ti habiendo tomado en tu mente los pensamientos y las espinas de Jesús.
Dolorosa Madre mía, veo que besas los ojos apagados de Jesús y se me parte el corazón al pensar que Jesús ya no te mira. ¡Cuántas veces esos ojos divinos al mirarte te extasiaban y te resucitaban de muerte a vida! Pero ahora, al ver que ya no te miran, te sientes morir. Por eso veo que dejas tus ojos en los de Jesús y tomas para ti los suyos, sus lágrimas, la amargura de esa mirada que ha sufrido tanto al ver las ofensas de las criaturas y al ver tantos insultos y desprecios.
Pero veo, traspasada Madre mía, que besas sus santísimos oídos y lo llamas y lo vueles a llamar; y le dices:
« Hijo mío, pero, ¿puede ser posible que ya no me escuches, tú que al más mínimo gesto mío siempre me escuchabas, y ahora lloro y te llamo y ya no me escuchas? ¡Ah, el verdadero amor es el más cruel tirano! Tú eres para mí más que mi propia vida, ¿y ahora tendré que sobrevivir a tan grande dolor? Por eso, ¡oh Hijo!, dejo mis oídos en los tuyos y tomo para mí todo lo que han sufrido tus santísimos oídos, el eco de todas las ofensas que resonaban en los tuyos. Sólo esto puede darme la vida: tus penas y tus dolores ».
Y mientras dices esto, es tan intenso el dolor, la angustia de tu Corazón, que pierdes la voz y quedas petrificada. ¡Pobre Madre mía, pobre Madre mía, cuánto te compadezco! ¡Cuántas muertes atroces estás sufriendo!
Adolorida Madre, la Voluntad Divina se impone y te pone en movimiento. Miras el rostro santísimo de Jesús, lo besas y exclamas:
« Hijo adorado, ¡qué desfigurado estás! ¡Ah, si el amor no me dijera que eres mi Hijo, mi Vida, mi Todo, no sabría cómo reconocerte! ¡A tal punto has quedado irreconocible! Tu belleza natural se ha transformado en deformidad; tus mejillas coloradas ahora se ven pálidas; la luz, la gracia que irradiaba tu hermoso rostro, que mirarte y quedar en éxtasis era una misma cosa, ha tomado la palidez de la muerte, ¡oh Hijo amado! ».
« ¡Hijo mío, a qué estado has quedado reducido! ¡Qué labor tan terrible ha realizado el pecado en tus sacratísimos miembros! ¡Oh, cómo tu inseparable Madre quisiera devolverte tu belleza original! Quiero fundir mi rostro en el tuyo y tomar para mí el tuyo, las bofetadas, los salivazos, los desprecios y todo lo que has sufrido en tu rostro santísimo. ¡Ah, Hijo mío, si me quieres viva, dame tus penas, porque de lo contrario moriré! ».
Y es tan grande tu dolor que te sofoca, te corta la palabra y caes como muerta sobre el rostro de Jesús, ¡Pobre Madre, cuánto te compadezco! ¡Ángeles míos, vengan a sostener a mi Madre; su dolor es inmenso, la inunda, la sofoca y ya no le queda más vida ni fuerza! Pero la Divina Voluntad, rompiendo estas olas, le restituye la vida.
Y llegas ya a su boca y al besarla sientes que se amargan tus labios por la amargura de la hiel que ha amargado tanto la boca de Jesús, y sollozando continúas:
« Hijo mío, dile una última palabra a tu Madre. ¿Es posible que no vaya a volver a escuchar tu voz? Todas tus palabras que me dijiste cuando vivías, como si fueran flechas, hieren mi Corazón de dolor y de amor. Y ahora, al verte mudo, estas flechas se ponen en movimiento en mi Corazón lacerado dándome innumerables muertes, y parece como si quisieran arrancarte una última palabra a viva fuerza, pero no pudiendo obtenerla, me desgarran y me dicen: “Así que ya no lo vas a volver a escuchar, no volverás a oír su dulce voz, la melodía de su palabra creadora, que por cada palabra que decía creaba un nuevo paraíso en ti...” ¡Ah, mi paraíso se acabó, de ahora en adelante ya no tendré más que amarguras! ¡Ah, Hijo, quiero darte mi lengua para animar la tuya! Dame todo lo que has sufrido en tu santísima boca, la amargura de la hiel, tu sed ardiente, tus reparaciones y tus oraciones; así, sintiendo por medio de ellas tu voz, mi dolor podrá ser más soportable y tu Madre podrá seguir viviendo por medio de tus penas ».
Destrozada Madre mía, veo que te apresuras porque quienes están a tu alrededor quieren cerrar el sepulcro y casi volando pasas sobre las manos de Jesús las tomas entre las tuyas, las besas, te las estrechas al Corazón y dejando tus manos en las suyas, tomas todos los dolores y las heridas que han traspasado aquellas manos santísimas. Y llegando a los pies de Jesús, al ver la cruel destrucción que los clavos han hecho en sus pies y mientras pones en ellos los tuyos, tomas para ti sus llagas, ofreciéndote tú a correr en lugar de Jesús, para ir en busca de todos los pecadores para arrancárselos al infierno.
Angustiada Madre mía, ya te veo dar el último « adiós » al Corazón traspasado de Jesús. Y aquí te detienes; es el último asalto que recibe tu Corazón materno y sientes que la vehemencia del amor y del dolor te lo arranca del pecho y se te escapa por sí mismo para ir a encerrarse en el Corazón Sacratísimo de Jesús; y tú, viéndote sin Corazón, te apresuras a tomar el suyo, su amor rechazado por tantas criaturas, tantos ardientísimos deseos suyos no realizados a causa de la ingratitud, y los dolores y las heridas de aquel Sagrado Corazón, que te tendrán crucificada durante toda tu vida. Al ver esa herida tan ancha, la besas y tomas en tus labios su sangre, y sintiendo ya en ti la vida de Jesús, sientes la fuerza necesaria para poder hacer esa amarga separación. Así que te lo abrazas y permites que la piedra sepulcral lo encierre.
Dolorosa Madre mía, llorando te suplico que por ahora no permitas que nos quiten a Jesús de nuestra mirada; espera que primero me encierre en Jesús para tomar su vida en mí. Si tú, que eres la Inmaculada, la Santa, la Llena de Gracia, no puedes vivir sin Jesús, mucho menos podré yo, que soy la debilidad, la miseria, la llena de pecados; ¿cómo voy a poder vivir sin Jesús? ¡Ah, Dolorosa Madre mía!, no me dejes sola, llévame contigo; pero antes sepúltame totalmente en Jesús, vacíame de todo para que puedas poner totalmente a Jesús en mí, así como lo has puesto en ti. Comienza conmigo a cumplir el oficio de Madre que Jesús te dio estando en la cruz y abriendo mi extrema pobreza una brecha en tu Corazón materno, enciérrame totalmente en Jesús con tus propias manos maternas. Encierra los pensamientos de Jesús en mi mente para que no entre en mí ningún otro pensamiento; encierra los ojos de Jesús en los míos, para que jamás pueda escapar de mi mirada; pon sus oídos en los míos, para que siempre lo escuche y cumpla en todo su Santísima Voluntad; pon su rostro en el mío, para que contemplando ese rostro tan desfigurado por amor a mí, lo ame, lo compadezca y lo repare; pon su lengua en la mía para que hable, ore y enseñe sólo con la lengua de Jesús; pon sus manos en las mías, para que cada movimiento que yo haga y cada obra que realice, tome vida de las obras y de los movimientos de Jesús; pon sus pies en los míos, para que cada paso que yo dé sea vida, salvación, fuerza y celo para las demás criaturas.
Y ahora, afligida Madre mía, permíteme que bese su Corazón y que beba de su preciosísima sangre; y encerrando tú su Corazón en el mío, haz que yo pueda vivir de su amor, de sus deseos y de sus penas. Y ahora toma la mano derecha de Jesús, ya rígida, para que me des su última bendición.
Finalmente permites que la piedra cierre el sepulcro; y tú, destrozada, besas el sepulcro, y llorando le das el último adiós y te alejas del sepulcro.

La Soledad de María Santísima
Es tanto tu dolor que quedas petrificada y helada. Traspasada Madre mía, junto contigo doy el adiós a Jesús, y llorando quiero compadecerte y hacerte compañía en tu amarga soledad. Quiero ponerme a tu lado para darte en cada suspiro, de afán y de dolor, una palabra de consuelo y darte una mirada de compasión; recogeré también tus lágrimas, y si veo que estás por desmayarte, te sostendré con mis brazos.
Pero veo que te ves obligada a regresar a Jerusalén por el mismo camino por el que viniste. Apenas das unos pasos y te encuentras ante la cruz sobre la que Jesús ha sufrido tanto hasta morir sobre ella y tú corres hacia ella, la abrazas y viéndola bañada de sangre, se renuevan en tu Corazón uno por uno los dolores que Jesús sufrió en ella; y no pudiendo contener tu dolor, entre sollozos exclamas:
« ¡Oh cruz! ¿Cómo es que has sido tan cruel con mi Hijo? ¡Ah, en nada lo has perdonado! ¿Qué mal te había hecho? Ni siquiera a mí, su Dolorosa Madre, me permitiste que le diera al menos un sorbo de agua cuando la pedía y en cambio le diste hiel y vinagre a su boca ardiente de sed. Sentía que mi Corazón traspasado se me derretía y hubiera querido darle a sus labios mi Corazón derretido para calmar su sed, pero tuve el dolor de verme rechazada. ¡Oh cruz, cruel, sí, pero santa, porque haz quedado divinizada y santificada por el contacto de mi Hijo! Esa crueldad que usaste con él, transfórmala en compasión hacia los miserables mortales y por las penas que él ha sufrido sobre ti, impetra gracia y fortaleza a las almas que sufren, para que ninguna se pierda a causa de las cruces y de las tribulaciones. Demasiado me cuestan las almas, me cuestan la vida de un HijoDios; y yo, cual corredentora y Madre, ¡a ti te las confío, oh cruz! ».
Y besándola y volviéndola a besar, te alejas de ella. ¡Pobre Madre, cuánto te compadezco! A cada paso y encuentro surgen nuevos dolores que creciendo en intensidad y haciéndose cada vez más amargos, como si fueran olas, te inundan, te ahogan y te sientes morir a cada instante.
Das unos pasos más y llegas al sitio en donde esta mañana te encontraste con él bajo el enorme peso de la cruz, agotado, chorreando sangre y con la corona de espinas sobre la cabeza, las cuales, cada vez que la cruz golpeaba con la cabeza penetraban más y más, dándole en cada golpe dolores de muerte. Las miradas de Jesús cruzándose con las tuyas, buscaban piedad, pero los soldados, para quitarles este consuelo a Jesús y a ti, empujaron a Jesús haciendo que se cayera derramando así más sangre; y ahora, viendo la tierra empapada de su sangre, te postras por tierra y mientras la besas te oigo decir:
« Ángeles míos, vengan a hacerle guardia a esta sangre para que ninguna gota sea pisoteada y profanada ».
Madre Dolorosa, déjame que te dé la mano, para ayudarte a que te levantes y sostenerte, porque veo que estás agonizando en la sangre de Jesús. Conforme caminas te encuentras con nuevos dolores; por todos lados te tropiezas con las huellas de su sangre y recuerdas los dolores de Jesús. Por eso, apresuras tus pasos y te encierras en el cenáculo. También yo me encierro en el cenáculo, pero mi cenáculo es el Corazón Sacratísimo de Jesús; y desde dentro de su Corazón quiero ir a tus rodillas maternas para hacerte compañía en esta hora de amarga soledad. Mi corazón no podría resistir si te dejara sola en tanto dolor.
Desolada Madre mía, mira a tu pequeño hijo, soy demasiado pequeño y por mí solo no puedo ni quiero vivir. Por eso, tómame sobre tus rodillas y estréchame entre tus brazos maternos, sé mi Madre, porque tengo necesidad de quien me guíe, me ayude y me sostenga; mira mi miseria y derrama sobre mis llagas una lágrima tuya, y cuando me veas distraído, estréchame a tu Corazón materno y dame de nuevo la vida de Jesús.
Pero mientras te pido esto, me veo obligado a detenerme para poner atención a tus dolores tan amargos, y siento que se me rompe el corazón al ver que al mover la cabeza, sientes que las espinas que has tomado de Jesús penetran más y más en ti junto con las punzadas de todos nuestros pecados de pensamiento, y que, penetrándote hasta en los ojos, te hacen derramar lágrimas de sangre. Y mientras lloras, teniendo en los ojos la mirada de Jesús, desfilan ante tu vista todas las ofensas de todas las criaturas. ¡Oh, qué amargura sientes! ¡Qué bien comprendes todo lo que Jesús ha sufrido teniendo en ti sus mismas penas!
Pero un dolor no espera al otro; y poniendo atención en tus oídos, te sientes ensordecer por el eco de las voces de las criaturas. Cada especie de voz de criatura, penetra, a través de tus oídos a tu Corazón y te lo traspasan y repites una vez más:
« ¡Hijo, cuánto has sufrido! ».
Desolada Madre mía, ¡cuánto te compadezco! Déjame secar tu rostro bañado de lágrimas y sangre; pero me siento retroceder al verlo amoratado, irreconocible y pálido de una palidez mortal. ¡Ah, comprendo! Son todos los malos tratos que Jesús ha sufrido y que tú has tomado sobre ti, los cuales te hacen sufrir tanto, que al mover tus labios para orar o para emitir suspiros de tu ardiente pecho, sientes tu aliento amarguísimo y tus labios consumidos por causa de la sed de Jesús.
¡Pobre de ti, oh Madre, cuánto te compadezco! Tus dolores crecen cada vez más, mientras parece que se dan la mano unos a otros. Y tomando tus manos entre las mías, veo que están traspasadas por los clavos. Es precisamente en ellas donde sientes el dolor de ver tantos homicidios, traiciones y sacrilegios y todas las malas obras, que hace que se repitan los golpes de martillo, agrandando tus llagas y haciéndolas cada vez más crueles.
¡Cuánto te compadezco! Tú eres la verdadera Madre crucificada, tanto que ni siquiera tus pies quedan sin clavos; más aún, no solamente sientes que te los clavan, sino como que te los arrancan por tantos pasos inicuos y por las almas que se van al infierno, tras las cuales tú corres para que no se precipiten en las llamas infernales.
Pero eso todavía no es todo, clavada Madre mía: todas tus penas, haciéndose una sola hacen eco en tu Corazón y te lo traspasan no con siete espadas, sino con miles y miles de espadas, y más todavía, porque teniendo el Corazón de Jesús en ti, el cual contiene todos los corazones y envuelve en su palpitar los latidos de cada uno de ellos, ese palpito divino conforme palpita va diciendo: « ¡Almas, Amor! ». Y tú, del pálpito « almas » sientes que fluyen en tu palpito todos los pecados sintiendo que te dan muerte; mientras que en el pálpito « amor », te sientes dar vida; de manera que te encuentras en acto continuo de morir y de vivir.
Crucificada Madre mía, mirándote, compadezco tus dolores, ¡son indescriptibles! Quisiera transformar todo mi ser en lengua, en voz, para compadecerte; pero ante tantos dolores, mis compasiones son nada; por eso, llamo a los ángeles, a la Sacrosanta Trinidad y les ruego que pongan a tu alrededor sus armonías, sus alegrías y sus bellezas, para endulzar y compadecer tus intensos dolores, para que te sostengan en sus brazos y te devuelvan todas tus penas convertidas en amor.
Y ahora, Desolada Madre, te doy gracias en nombre de todos por todo lo que has sufrido y te ruego que por esta amarga soledad que has sufrido, me vengas a asistir a la hora de mi muerte, cuando mi pobre alma se encuentre sola y abandonada por todos, en medio de mil ansias y temores; ven tú entonces a devolverme la compañía que tantas veces te he hecho en vida; ven a asistirme, ponte a mi lado y ahuyenta al enemigo; lava mi alma con tus lágrimas, cúbreme con la sangre de Jesús, revísteme con sus méritos, embelléceme con tus dolores y con todas las penas y las obras de Jesús, y en virtud de sus penas y de tus dolores, haz que desaparezcan de mí todos mis pecados, perdonándome totalmente. Y al expirar mi alma, recíbeme entre tus brazos y poniéndome bajo tu manto, ocúltame a la mirada del enemigo, llévame volando al cielo y ponme en los brazos de Jesús. Así que quedamos en este acuerdo, ¿no es así, Madre mía?
Y ahora te ruego que les hagas la compañía que yo te he hecho hoy a todos los moribundos presentes; sé Madre de todos; son los momentos extremos y les hacen falta grandes ayudas. Por eso, no le niegues a nadie tu oficio materno.
Por último, una palabra más mientras te dejo: te ruego que me encierres en el Corazón Sacratísimo de Jesús y tú, adolorida Madre mía, cuídame, para que Jesús no me tenga que expulsar de su Corazón y para que yo, ni siquiera queriéndolo, pueda jamás volver a salir de él. Te beso tu mano materna y tú dame tu bendición.
Nos cum prole pia, benedicat Virgo Maria.

Reflexiones y prácticas.
Jesús es sepultado, una piedra cierra el sepulcro y le impide a su Madre Santísima volver a ver a su Hijo. Y nosotros, ¿tratamos de ocultarnos a los ojos de las criaturas? ¿Nos es indiferente que todos se olviden de nosotros? ¿En las cosas santas quedamos indiferentes con esa santa indiferencia que hace que no faltemos en nada? Cuando Jesús nos abandona, ¿vencemos en todo con esa santa indiferencia que nos lleva siempre a él? ¿Formamos con nuestra constancia una dulce cadena que lo atraiga siempre hacia nosotros? ¿Está nuestra mirada siempre sepultada en la de Jesús de manera que nada miremos sino sólo lo que él quiere? ¿Está nuestra voz sepultada en la voz de Jesús? ¿Están nuestros pasos sepultados de tal manera en los de Jesús, que cuando caminamos vamos dejando la huella de Jesús y no la nuestra? ¿Está nuestro corazón sepultado en el suyo para poder amar y desear como ama y desea su Corazón mismo?
« Madre mía, cuando Jesús se esconda, por mi bien, dame la gracia que tu obtuviste cuando te viste privada de él para que yo pueda darle toda la gloria que tú misma le diste cuando lo pusiste en el sepulcro. ¡Oh Jesús!, quiero rogarte con tu misma voz, y que así como tu voz penetraba hasta el cielo y repercutía en las voces de todos, que también la mía, en honor de la tuya, penetre hasta el cielo para darte la gloria y el amor de tu misma palabra. Jesús mío, mi corazón late, pero no estaré contento si no haces que sea tu latido el que viva en mi corazón, y así con los mismos latidos de tu Corazón, amaré como tú amas. Te amaré por todas las criaturas y será uno sólo nuestro grito: ¡Amor, amor! ».
« ¡Oh Jesús mío!, dale honra a tu nombre y haz que en todo lo que yo haga se encuentre la huella de tu misma potencia, de tu amor y de tu gloria ».

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