domingo, 24 de marzo de 2013

Jesús, atado, es hecho caer en el Torrente Cedrón

De la 1 a las 2 de la mañana

Jesús, atado, es hecho caer 
en el Torrente Cedrón


Amado Bien mío, mi pobre mente te sigue entre la vela y el sueño. ¿Cómo podría abandonarme del todo al sueño viendo que todos te dejan solo y huyen de ti? Hasta los mismos apóstoles, el ferviente Pedro que acababa de decirte que quería dar su vida por ti, tu discípulo predilecto que con tanto amor lo hiciste reposar sobre tu Corazón; ¡ah, todos te han dejado abandonado a merced de tus crueles enemigos!
¡Jesús mío, te encuentras solo! Tus purísimos ojos buscan a tu alrededor para ver si al menos te está siguiendo alguno de aquellos a quienes hiciste tanto bien, para demostrarte su amor y para defenderte... Y cuando descubres que ni uno solo te ha sido fiel, sientes que se te rompe el Corazón y te pones a llorar amargamente, pues el dolor que te causa el abandono de tus más fieles amigos es mucho mayor del que tus mismos enemigos te procuran. No llores, oh Jesús mío, o más bien, haz que yo llore contigo. Pero parece que mi amable Jesús me dice:
« ¡Ah, hijo mío!, lloremos juntos la suerte de tantas almas consagradas a mí, que por pequeñas pruebas o por incidentes de la vida ya no se preocupan de mí y me dejan solo; por tantas otras almas tímidas y cobardes, que por falta de valor y de confianza me abandonan; por tantos sacerdotes que al no sentir su propio gusto en las cosas santas, en la administración de los sacramentos, no se ocupan de mí; por otros que predican, que celebran o que confiesan por sus propios intereses y su propia gloria, y que mientras parece que están cerca de mí, siempre me dejan solo. ¡Ah, hijo mío!, ¡qué duro es para mí este abandono! No solamente me lloran los ojos, sino que me sangra el Corazón. ¡Ah!, te suplico que repares mi amargo dolor, prometiéndome que nunca me vas a dejar solo ».
Sí, ¡oh Jesús mío!, te lo prometo con la ayuda de la gracia y en la firmeza de tu Divina Voluntad.
Pero mientras lloras por el abandono de los tuyos, ¡oh Jesús!, tus enemigos no te evitan ningún ultraje que puedan hacerte. Estando así, fuertemente atado, tanto que por ti mismo no puedes dar ni un paso, te pisotean y te arrastran por aquellos caminos llenos de piedras y espinas, al grado que cualquier movimiento que te obligan a hacer, hace que te tropieces con las piedras y que te hieras con las espinas.
¡Ah, Jesús mío!, me doy cuenta que por donde te van arrastrando vas dejando las huellas de tu preciosísima sangre y de tus cabellos dorados que te arrancan de la cabeza. Vida mía y Todo mío, déjame recogerlos, para con ellos poder atar todos los pasos de las criaturas que ni siquiera de noche dejan de herirte, es más se aprovechan de la noche para herirte aún más: unos con sus reuniones, otros con sus placeres, con teatros y diversiones, y otros sirviéndose de la noche hasta para llevar a cabo robos sacrílegos. Jesús mío, me uno a ti para reparar todas estas ofensas.
Pero ya estamos en el Torrente Cedrón y los perversos judíos te empujan en él y al empujarte hacen que te golpees en una piedra que ahí se encuentra, pero con tanta fuerza, que empiezas a derramar de tu boca tu preciosísima sangre, dejando marcada aquella piedra. Y después, jalándote, te arrastran por debajo de aquellas aguas llenas de podredumbre, nauseabundas y frías. En este estado representas a lo vivo el estado deplorable de las criaturas cuando caen en el pecado. ¡Oh, cómo quedan cubiertas por dentro y por fuera con un manto de inmundicia que da asco al cielo y a cualquiera que pudiera verlas, de modo que atraen sobre ellas los rayos de la divina justicia!
¡Oh Vida de mi vida!, ¿puede haber un amor más grande? Para quitarnos este manto de inmundicia tú permites que tus enemigos te hagan caer en este torrente, y para reparar por los sacrilegios y las frialdades de las almas que te reciben sacrílegamente obligándote a entrar en sus corazones, haciéndote sentir, más que en el torrente, toda la nausea de sus almas, permites por eso que esas aguas penetren hasta en tus entrañas, al grado que tus enemigos, temiendo que vayas a ahogarte y queriendo reservarte aún mayores tormentos, te sacan de ahí, pero les causas tanta repugnancia a ellos mismos que les da asco tocarte.
Mansísimo Jesús mío, ya estás fuera del torrente. Mi corazón no resiste al verte tan bañado por estas aguas tan repugnantes. Estás temblando de pies a cabeza por el frío y mirando a tu alrededor, haciendo con los ojos lo que no haces con la voz, buscas al menos a uno sólo que te seque, que te limpie y que te caliente, pero en vano, no hallas a nadie que se mueva a compasión por ti. Tus enemigos se burlan y se ríen de ti, los tuyos te han abandonado, y tu dulce Madre se encuentra lejos de ti porque así lo ha dispuesto el Padre.
Aquí me tienes a mí, ¡oh Jesús!; ven a mis brazos pues quiero llorar hasta poderte bañar para lavarte, limpiarte y reordenarte con mis propias manos todos tus cabellos desordenados. Amor mío, quiero encerrarte en mi corazón, para calentarte con el calor de mis afectos; quiero perfumarte con mis insistentes anhelos; quiero reparar todas estas ofensas y ofrecer toda mi vida junto a la tuya para salvar a todas las almas; quiero ofrecerte mi corazón para que encuentres en él donde descansar, para poder darte algún consuelo por las penas que has sufrido hasta este momento; y después proseguiremos nuevamente el camino de tu pasión.

Reflexiones y prácticas.
En esta hora Jesús se puso a merced de sus enemigos, los cuales llegaron a tener la osadía de arrojarlo al Torrente Cedrón, pero Jesús los miraba a todos con amor, soportando todo por amor a ellos. Y nosotros, ¿nos ponemos a merced de la Voluntad de Dios?
Cuando nos sentimos débiles o tenemos la desgracia de caer en el pecado, ¿nos levantamos rápidamente para arrojarnos en los brazos de Jesús? Jesús, atormentado, fue arrojado en el Torrente Cedrón sintiendo que se ahogaba, con mucho asco y ganas de vomitar; y nosotros, ¿aborrecemos hasta la más mínima mancha y sombra de pecado? ¿Estamos dispuestos a darle un lugar a Jesús en nuestros corazones para hacer que ya no sienta las ganas de vomitar a causa de los pecados de tantas almas y para compensarlo por todas las veces que fuimos nosotros mismos la causa?
« Atormentado Jesús mío, no tengas ninguna clase de miramientos conmigo y haz que yo pueda ser objeto de tus divinas y amorosas miradas ».

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