domingo, 8 de abril de 2012

HORAS DE LA PASIÓN - 7° - Tercer hora de agonía en el Huerto de Getsemaní


SEPTIMA HORA


De las 11 a las 12 de la noche



Tercera hora de agonía en el Huerto de Getsemaní

Gracias te doy, oh Jesús, por llamarme a la unión contigo por medio de la oración, y tomando tus pensamientos, tu lengua, tu corazón y fundiéndome toda en tu Voluntad y en tu amor, extiendo mis brazos para abrazarte y apoyando mi cabeza sobre tu corazón empiezo:



Dulce bien mío, mi corazón no resiste; te miro y veo que sigues agonizando.  La sangre a ríos te escurre por todo el cuerpo y con tanta abundancia, que no sosteniéndote en pie has caído en un lago de sangre.  ¡Oh mi amor, se me rompe el corazón al verte tan débil y agotado!  Tu rostro adorable y tus manos creadoras se apoyan en la tierra y se llenan de sangre; me parece que a los ríos de iniquidad que te mandan las criaturas, Tú quieras dar ríos de sangre para hacer que estas culpas queden ahogadas en ellos y así, con eso, dar a cada uno el reescrito de tu perdón.  Pero, oh mi Jesús, reanímate, es demasiado lo que sufres; baste hasta aquí a tu amor.

Y mientras parece que mi amable Jesús muere en su propia sangre, el amor le da nueva vida.  Lo veo moverse con dificultad, se pone de pie y así, manchado de sangre y de fango, parece que quiere caminar, pero no teniendo fuerzas con trabajo se arrastra.  Dulce vida mía, deja que te lleve entre mis brazos.  ¿Vas tal vez a tus amados discípulos?  Pero cual no es el dolor de tu adorable corazón al encontrarlos de nuevo dormidos.  Y Tú con voz temblorosa y apagada los llamas:  “Hijos míos, no durmáis, la hora está próxima, ¿no veis a qué estado me he reducido?  Ah, ayúdenme, no me abandonéis en estas horas extremas.

Y casi vacilante estás a punto de caer a su lado, mientras Juan extiende los brazos para sostenerte.  Estás tan irreconocible que si no hubiera sido por la suavidad y dulzura de tu voz, no te habrían reconocido.  Después, recomendándoles que estén despiertos y que oren, regresas al huerto, pero con una segunda herida en el corazón.  En esta herida veo, mi bien, todas las culpas de aquellas almas que, no obstante las manifestaciones de tus favores en dones, besos y caricias, en las noches de la prueba, olvidándose de tu amor y de tus dones, quedan somnolientas y adormiladas, perdiendo así el espíritu de continua oración y vigilancia.

Mi Jesús, es cierto que después de haberte visto, después de haber gustado tus dones, para permanecer privados y resistir se necesita gran fuerza, sólo un milagro puede hacer que tales almas resistan la prueba.  Por eso, mientras te compadezco por esas almas, cuyas negligencias, ligerezas y ofensas son las más amargas a tu corazón, te ruego que en caso de que ellas llegasen a dar un solo paso que pueda en lo más mínimo disgustarte, las circundes de tanta Gracia que las detengas, para que no pierdan el espíritu de continua oración.

Mi dulce Jesús, mientras regresas al huerto, parece que no puedes más; levantas al Cielo la cara manchada de sangre y de tierra y por tercera vez repites:  “Padre, si es posible pase de Mi este cáliz.  Padre Santo, ayúdame, tengo necesidad de consuelo; es verdad que por las culpas que he tomado sobre Mí soy repugnante, despreciable, el último entre los hombres ante tu Majestad infinita; tu Justicia está indignada conmigo; pero mírame, Oh Padre, soy siempre tu Hijo, que formo una sola cosa contigo.  ¡Ah, ayuda, piedad oh Padre, no me dejes sin consuelo!”

Después me parece oír, oh dulce bien mío, que llamas en tu ayuda a la amada Mamá:  “Dulce Mamá, estréchame entre tus brazos como me estrechabas siendo niño; dame aquella leche que tomaba de ti para darme fuerzas y endulzar las amarguras de mi agonía; dame tu corazón que es todo mi contento.  Mamá mía, Magdalena, amados apóstoles, todos vosotros que me amáis, ayudadme, confortadme, no me dejéis solo en estos momentos extremos, hacedme todos corona a mi alrededor, denme por consuelo vuestra compañía y vuestro amor.”

Jesús, amor mío, ¿quién puede resistir el verte en estos extremos?  ¿Qué corazón será tan duro que no se rompa al verte ahogado en sangre?  ¿Quién no derramará a torrentes amargas lágrimas al escuchar los dolorosos acentos que buscan ayuda y consuelo?

Jesús mío, consuélate; veo que ya el Padre te envía un ángel como consuelo y ayuda, para que puedas salir de este estado de agonía y puedas entregarte en manos de los judíos.  Y mientras estés con el ángel, yo recorreré Cielo y tierra.  Tú me permitirás que tome esta sangre que has derramado, a fin de que pueda darla a todos los hombres como prenda de la salvación de cada uno y llevarte por consuelo y en correspondencia, sus afectos, latidos, pensamientos, pasos y obras.

Celestial Mamá mía, vengo a Ti para que vayamos juntas a todas las almas dándoles la sangre de Jesús.  Dulce Mamá, Jesús quiere consuelo, y el mayor consuelo que le podemos dar es llevarle almas.

 Magdalena, acompáñanos; ángeles todos, venid a ver a qué estado se ha reducido Jesús.  Él quiere consuelo de todos y es tal y tanto el abatimiento en el cual se encuentra, que no rechaza ninguno.

Jesús mío, mientras bebes el cáliz lleno de intensas amarguras que el Padre te ha enviado, oigo que suspiras más, que gimes y que deliras, y con voz sofocada dices:  “¡Almas, almas, vengan, alívienme, tomen su puesto en mi Humanidad, os quiero, os suspiro!  ¡Ah, no seáis sordas a mi voz, no hagáis vanos mis deseos ardientes, mi sangre, mi amor, mis penas!  ¡Vengan, almas, vengan!”

Delirante Jesús, cada gemido tuyo y suspiro es una herida a mi corazón, que no me da paz, por lo que hago mía tu sangre, tu Querer, tu ardiente celo, tu amor, y girando por Cielo y tierra quiero ir a todas las almas para darles tu sangre como prenda de su salvación y llevártelas a Ti para calmar tus deseos, tus delirios y endulzar las amarguras de tu agonía.  Y mientras hago esto, Tú acompáñame con tu mirada.

Mamá mía, vengo a Ti porque Jesús quiere almas, quiere consuelo.  Así que dame tu mano materna y giremos juntas por todo el mundo en busca de almas.  Encerremos en su sangre los afectos, los deseos, los pensamientos, las obras, los pasos de todas las criaturas, y arrojemos en sus almas las llamas del corazón de Jesús, a fin de que se rindan, y así, encerradas en su sangre y transformadas en sus llamas, las conduciremos en torno a Jesús para endulzarle las penas de su amarguísima agonía.

Ángel mío de mi guarda, precédenos tú, y ve disponiendo a las almas que han de recibir esta sangre, a fin de que ninguna gota quede sin su copioso efecto.  ¡Mamá mía, pronto, giremos!  Veo la mirada de Jesús que nos sigue, escucho sus repetidos sollozos que nos incitan a apresurar nuestra tarea.

Y he aquí, Mamá, a los primeros pasos nos encontramos a las puertas de las casas donde yacen los enfermos.  ¡Cuántos miembros desgarrados!  Cuántos bajo la atrocidad de los dolores prorrumpen en blasfemias e intentan quitarse la vida, otros son abandonados por todos y no tienen quien les dé una palabra de consuelo, ni los más necesarios socorros, y por eso mayormente maldicen y se desesperan.  Ah, Mamá, escucho los sollozos de Jesús que ve correspondidas con ofensas sus más delicadas predilecciones de amor que hacen sufrir a las almas para volverlas semejantes a Él.  Ah, démosles su sangre, a fin de que les suministre las ayudas necesarias y con su luz les haga comprender el bien que hay en el sufrir y la semejanza que adquieren con Jesús; y tú Mamá mía, ponte a su lado y como Madre afectuosa toca con tus manos maternas sus miembros doloridos, alivia sus dolores, tómalas en tus brazos y de tu corazón derrama torrentes de gracias sobre todas sus penas.  Haz compañía a los abandonados, consuela a los afligidos, a quien carece de los medios necesarios dispón tú almas generosas que los socorran, a quien se encuentra bajo la atrocidad de los dolores obtenles tregua y reposo, y así, fortalecidos, puedan con más paciencia soportar cuanto Jesús dispone para ellos.

Sigamos nuestro recorrido y entremos en las estancias de los moribundos.  ¡Mamá mía, qué terror, cuántas almas están por caer en el infierno, cuántas después de una vida de pecado quieren dar el último dolor a ese corazón repetidamente traspasado, coronando su último respiro con un acto de desesperación!  Muchos demonios están en torno a ellas infundiendo en su corazón terror y espanto de los divinos juicios, y así dar el último asalto para llevarlas al infierno, quisieran hacer salir las llamas infernales para envolverlas en ellas y así no dar lugar a la esperanza.  Otras, atadas a los vínculos de la tierra no saben resignarse a dar el último paso; ah Mamá, los momentos son extremos, tienen mucha necesidad de ayuda, ¿no ves cómo tiemblan, cómo se debaten entre los espasmos de la agonía, cómo piden ayuda y piedad?  ¡La tierra ya ha desaparecido para ellas!  Mamá Santa, pon tu mano materna sobre sus heladas frentes, acoge Tú sus últimos respiros; demos a cada moribundo la sangre de Jesús, y así, poniendo en fuga a los demonios, disponga a todos a recibir los últimos sacramentos y a una buena y santa muerte.  Por consuelo démosles la agonía de Jesús, sus besos, sus lágrimas, su llagas; rompamos las ataduras que los tienen atados, hagamos oír a todos la palabra del perdón y pongámosles tal confianza en el corazón, que hagamos que se arrojen en los brazos de Jesús.  Y así, cuando Él los juzgue los encontrará cubiertos con su sangre, abandonados en sus brazos y a todos les dará su perdón.

Continuemos aún, oh Mamá; tu mirada materna vea con amor la tierra y se mueva a compasión de tantas pobres criaturas que tienen necesidad de esta sangre.  Mamá mía, me siento incitada por la mirada indagadora de Jesús a correr, porque quiere almas; oigo sus gemidos en el fondo de mi corazón que me repiten:  “¡Hija mía, ayúdame, dame almas!”

Pero mira, oh Mamá, cómo la tierra está llena de almas que están por caer en el pecado y Jesús rompe en llanto viendo a su sangre sufrir nuevas profanaciones.  Se requiere un milagro que les impida la caída, por eso démosles la sangre de Jesús, para que encuentren en ella la fuerza y la gracia para no caer en el pecado.

Un paso más, Mamá mía, y he aquí almas ya caídas en la culpa, las cuales quisieran una mano que las levante, Jesús las ama pero las mira horrorizado porque están enfangadas, y su agonía se hace más intensa.  Démosles la sangre de Jesús, y así encuentren esa mano que las levante.  Mira, oh Mamá, son almas que tienen necesidad de esta sangre, almas muertas a la gracia; ¡oh cómo es deplorable su estado!  El Cielo las mira y llora con dolor, la tierra las mira con repugnancia, todos los elementos están contra ellas y quisieran destruirlas, porque son enemigas del Creador.  Ah Mamá, la sangre de Jesús contiene la vida, démosla pues a fin de que a su contacto estas almas renazcan, pero renazcan más bellas, tanto, que hagan sonreír a todo el Cielo y a toda la tierra.

Giremos aún, oh Mamá; mira, hay almas que llevan la marca de la perdición, almas que pecan y huyen de Jesús, que lo ofenden y tienen desesperanza de su perdón, son los nuevos Judas esparcidos por la tierra, y que traspasan ese corazón tan amargado.  Démosles la sangre de Jesús, a fin de que esta sangre les borre la marca de la perdición y les imprima la de la salvación; ponga en sus corazones tal confianza y amor después de la culpa, que los haga correr a los pies de Jesús y estrecharse a esos pies divinos para no separarse  de ellos jamás.

Mira, oh Mamá, hay almas que corren alocadamente hacia la perdición y no hay quien las detenga en su carrera.  Ah, pongamos esta sangre delante a sus pies, para que al tocarla, ante su luz y sus voces suplicantes porque las quiere salvas, puedan retroceder y ponerse en el camino de la salvación.

Continuemos, Mamá, nuestro giro; mira, hay almas buenas, almas inocentes en las que Jesús encuentra sus complacencias y el reposo en la Creación, pero las criaturas van a su alrededor con tantas insidias y escándalos, para arrancar esta inocencia y convertir las complacencias y el reposo de Jesús en llanto y amarguras, como si no tuvieran otra mira que el dar continuos dolores a ese corazón divino.  Sellemos y circundemos pues su inocencia con la sangre de Jesús, como si fuera un muro de defensa, a fin de que no entre en ellas la culpa; con esa sangre pon en fuga a quien quisiera contaminarlas, y las conserve puras y sin mancha, a fin de que Jesús encuentre su reposo en la Creación y todas sus complacencias, y por amor a ellas se mueva a piedad de tantas otras pobres criaturas.  Mamá mía, pongamos a estas almas en la sangre de Jesús, atémoslas una y otra vez con el Santo Querer de Dios, llevémoslas a sus brazos, y con las dulces cadenas de su amor, atémoslas a su corazón para endulzar las amarguras de su mortal agonía.

Pero escucha, oh Mamá, esta sangre grita y quiere todavía otras almas; corramos juntas y vayamos a las regiones de los herejes y de los infieles.  ¡Cuánto dolor no siente Jesús en estas regiones!  Él, que es vida de todos, no recibe en correspondencia ni siquiera un pequeño acto de amor y no es conocido por sus mismas criaturas.  Ah Mamá, démosles esta sangre a fin de que les disipe las tinieblas de la ignorancia y de la herejía, les haga comprender que tienen un alma, y abra a ellas el Cielo.  Después pongámoslas todas en la sangre de Jesús y conduzcámoslas en torno a Él como tantos hijos huérfanos y exiliados que encuentran a su Padre, y así Jesús se sentirá confortado en su amarguísima agonía.

Pero parece que Jesús no está aún contento, porque quiere otras almas aún.  Las almas de los moribundos en estas regiones se las siente arrancar de sus brazos para ir a caer en el infierno.  Estas almas están ya a punto de expirar y precipitarse en el abismo, no hay nadie a su lado para salvarlas; el tiempo apremia, los momentos son extremos y se perderán sin duda.  No, Mamá, esta sangre no será derramada inútilmente por ellas, por eso volemos inmediatamente hacia ellas, derramemos la sangre de Jesús sobre su cabeza y les sirva de bautismo e infunda en ellas Fe, Esperanza y Amor.  Ponte a su lado, Mamá, suple todo lo que les falta, más aún, déjate ver, en tu rostro resplandece la belleza de Jesús, tus modos son en todo iguales a los suyos, y así, viéndote a Ti, con certeza podrán conocer a Jesús; después estréchalas a tu corazón materno, infunde en ellas la vida de Jesús que Tú posees, diles que siendo Tú su Madre las quieres para siempre felices contigo en el Cielo, y así, mientras expiran, recíbelas en tus brazos y haz que de los tuyos pasen a los de Jesús; y si Jesús mostrase, según los derechos de la Justicia, que no las quiere recibir, recuérdale el amor con el que te las confió bajo la cruz, reclama tus derechos de Madre, de manera que a tu amor y a tus plegarias Él no sabrá resistir, y mientras contentará tu corazón, contentará también sus ardientes deseos.

Y ahora, oh Mamá, tomemos esta sangre y démosla a todos:  A los afligidos, para que por ella reciban consuelo; a los pobres, para que sufran resignados su pobreza; a los que son tentados, para que obtengan la victoria; a los incrédulos, para que triunfe en ellos la virtud de la Fe; a los blasfemos, para que cambien las blasfemias en bendiciones; a los sacerdotes, a fin de que comprendan su misión y sean dignos ministros de Jesús.  Con esta sangre toca sus labios, a fin de que no digan palabras que no sean de gloria de Dios; toca sus pies para que corran y vuelen en busca de almas para conducirlas a Jesús.

Demos esta sangre a los que rigen los pueblos, para que estén unidos entre ellos y tengan mansedumbre y amor hacia sus súbditos.

Volemos ahora al purgatorio y démosla también a las almas purgantes, pues ellas lloran y suplican esta sangre para su liberación.  ¿No escuchas, Mamá, sus gemidos, sus delirios de amor que las torturan, y cómo continuamente se sienten atraídas hacia el sumo bien?  Mira cómo Jesús mismo quiere purificarlas para tenerlas cuanto antes consigo, las atrae con su amor, y ellas le corresponden con continuos ímpetus de amor hacia Él, pero al encontrarse en su presencia, no pudiendo aún sostener la pureza de la divina mirada, son obligadas a retroceder y a caer de nuevo en las llamas.  Mamá mía, descendamos en esta profunda cárcel y derramando sobre ellas esta sangre, llevémosles la luz, mitiguemos sus delirios de amor, extingamos el fuego que las quema, purifiquémoslas de sus manchas, y así, libres de toda pena, vuelen a los brazos del sumo bien.  Demos esta sangre a las almas más abandonadas, a fin de que encuentren en ella todos los sufragios que las criaturas les niegan; a todas, oh Mamá, demos esta sangre, no privemos a ninguna, a fin de que todas en virtud de ella encuentren alivio y liberación.  Haz de reina en estas regiones de llanto y de lamentos, extiende tus manos maternas y una a una sácalas de estas llamas ardientes, y haz que todas emprendan el vuelo hacia el Cielo.

Y ahora hagamos también nosotras un vuelo hacia el Cielo.  Pongámonos a las puertas eternas, y permíteme, oh Mamá, que también a Ti te dé esta sangre para tu mayor gloria.  Esta sangre te inunde de nueva luz y de nuevos contentos, y haz que esta luz descienda en beneficio de todas las criaturas para dar a todas gracias de salvación.

Mamá mía, dame también a mí esta sangre; Tú sabes cuánto la necesito.  Con tus mismas manos maternas retoca todo mi ser con esta sangre, y retocándome purifica mis manchas, sana mis llagas, enriquece mi pobreza; haz que esta sangre circule en mis venas y me dé toda la Vida de Jesús, descienda en mi corazón y me lo transforme en el corazón mismo de Jesús, me embellezca tanto que Jesús pueda encontrar todos sus contentos en mí.

Ahora sí, oh Mamá, entremos a las regiones celestiales y demos esta sangre a todos los santos, a todos los ángeles, a fin de que puedan recibir mayor gloria, prorrumpir en himnos de agradecimiento a Jesús y rueguen por nosotros, y así en virtud de esta sangre podamos un día reunirnos con ellos.  Y después de haber dado a todos esta sangre, vayamos de nuevo a Jesús.  Angeles, santos, vengan con nosotras; ah, Él suspira las almas, quiere hacerlas reentrar a todas en su Humanidad para darles a todas los frutos de su sangre.  Pongámoslas en torno a Él y se sentirá regresar la Vida y recompensar por la amarguísima agonía que ha sufrido.  Y ahora Mamá santa, llamemos a todos los elementos a hacerle compañía a fin de que también ellos le den honor a Jesús.  Oh luz del sol, ven a disipar las tinieblas de esta noche para dar consuelo a Jesús; oh estrellas, con vuestros trémulos rayos descended del cielo y venid a dar consuelo a Jesús; flores de la tierra, venid con vuestro perfume; pajarillos, venid con vuestros trinos; elementos todos de la tierra, venid a confortar a Jesús.  Ven, oh mar, a refrescar y a lavar a Jesús, Él es nuestro Creador, nuestra Vida, nuestro todo; vengan todos a confortarlo, a rendirle homenaje como a nuestro Soberano Señor.  Pero, ay, Jesús no busca luz, estrellas, flores, pájaros, Él quiere almas, almas.

Helas aquí, dulce bien mío, a todas juntas conmigo;  a tu lado está la amada Mamá, descansa entre sus brazos, también Ella tendrá consuelo al estrecharte a su seno, pues ha tomado mucha parte en tu dolorosa agonía; también está aquí Magdalena, está Marta, y todas las almas amantes de todos los siglos.  Oh Jesús, acéptalas, y diles a todas una palabra de perdón y de amor; átalas a todas en tu amor, a fin de que ningún alma  te huya más.

Pero me parece que dices:  “¡Ah hija, cuántas almas por la fuerza huyen de Mí y se precipitan en la ruina eterna!  ¿Cómo podrá entonces calmarse mi dolor, si Yo amo tanto a una sola alma cuanto amo a todas las almas juntas?”




Conclusión de la Agonía




Agonizante Jesús, mientras parece que está por apagarse tu vida, oigo ya el estertor de la agonía, veo tus bellos ojos eclipsados por la cercana muerte, tus santísimos miembros abandonados, y frecuentemente siento que no respiras más, y siento que el corazón se me rompe por el dolor.  Te abrazo y te siento helado; te muevo y no das señales de vida.  ¿Jesús, has muerto?  Afligida Mamá, ángeles del Cielo, vengan a llorar a Jesús y no permitan que yo continúe  viviendo sin Él, porque no puedo.  Me lo estrecho más fuerte y oigo que da otro respiro y de nuevo no da señales de vida, y yo lo llamo:  “¡Jesús, Jesús, vida mía, no te mueras!  Ya oigo el ruido de tus enemigos que vienen a prenderte, ¿quién te defenderá en el estado en que te encuentras?”  Y Él, sacudido, parece que resurge de la muerte a la vida, me mira y me dice:

“Hija, ¿estás aquí?  ¿Has sido entonces espectadora de mis penas y de las tantas muertes que he sufrido?  Debes saber, oh hija, que en estas tres horas de amarguísima agonía he reunido en Mí todas las vidas de las criaturas, y he sufrido todas sus penas y sus mismas muertes, dando a cada una mi misma Vida.  Mis agonías sostendrán las suyas; mis amarguras y mi muerte se cambiarán para ellas en fuente de dulzura y de vida.  ¡Ah, cuánto me cuestan las almas!  ¡Si fuese al menos correspondido!  Por eso tú has visto que mientras moría, volvía a respirar, eran las muertes de las criaturas que sentía en Mi.”

Mi atormentado Jesús, ya que has querido encerrar en Ti también mi vida, y por lo tanto también mi muerte, te ruego por esta tu amarguísima agonía, que vengas a asistirme en el momento de mi muerte.  Yo te he dado mi corazón como refugio y reposo, mis brazos para sostenerte y todo mi ser a tu disposición, y yo, oh, de buena gana me entregaría en manos de tus enemigos para poder morir yo en lugar tuyo.  Ven, oh vida de mi corazón en aquel momento a darme lo que te he dado, tu compañía, tu corazón como lecho y descanso, tus brazos como sostén, tu respiro afanoso para aliviar mis afanes, de modo que conforme respire, respiraré por medio de tu respiro, que como aire purificador me purificará de toda mancha y me dispondrá al ingreso de la eterna bienaventuranza.  Más aún mi dulce Jesús, aplicarás a mi alma toda tu Santísima Humanidad, de modo que mirándome me verás a través de Ti mismo, y mirándote a Ti mismo en mí, no encontrarás nada de qué juzgarme; después me bañarás en tu sangre, me vestirás con la cándida vestidura de tu Santísima Voluntad, me adornarás con tu amor y dándome el último beso me harás emprender el vuelo de la tierra al Cielo.  Y ahora te ruego que hagas esto que quiero para mí, a todos los agonizantes; estréchatelos a  todos en tu abrazo de amor y dándoles el beso de la unión contigo sálvalos a todos y no permitas que ninguno se pierda.

Afligido bien mío, te ofrezco esta hora santa en memoria de tu Pasión y muerte, para desarmar la justa ira de Dios por los tantos pecados, por la conversión de todos los pecadores, por la paz de los pueblos, por nuestra santificación y en sufragio de las almas del Purgatorio.  Pero veo que tus enemigos están ya cerca y Tú quieres dejarme para ir a su encuentro.  Jesús, permíteme que te de un beso en tus labios, en los cuales Judas osará besarte con su beso infernal; permíteme que te limpie el rostro bañado en sangre, sobre el cual lloverán bofetadas y salivazos, y estrechándome fuerte a tu corazón, yo no te dejo, sino que te sigo y Tú me bendices y me asistes.



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2 comentarios:

  1. Gracias por esta entrada, que nos deja presentes las agonías de Jesús para que seamos conscientes de lo que dio por nosotros.

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